La transmisión de sus lenguas ancestrales, la preservación de sus territorios, terminar con el racismo, las prácticas patriarcales y el abandono estatal son parte de las luchas que reivindican las mujeres indígenas en Argentina. Así lo indica el testimonio que varias de ellas dieron a Télam, con motivo de la reciente conmemoración del Día Internacional de la Mujer Indígena.

“Mi papá no quería que nos involucráramos en la causa indígena, porque tenía miedo por la discriminación que podíamos sufrir”, contó Rosario Virginia Hilario, a quien llaman Viki, desde San Pedro, Jujuy. De niña, ella descubrió que su papá, su mamá, su abuelo y otros familiares cercanos hablaban otra lengua distinta al castellano: “Ahí nos dimos cuenta de que somos descendientes ava guaraní”, dijo.

“Tenemos oficinas indígenas pero no son dirigidas por las comunidades o algún líder indígena. ¿Por qué? Porque el gobierno local tiene una política distinta a la nuestra y pone a quien quiere, y por derecho nos corresponde porque nosotros sabemos qué necesitan las comunidades indígenas”, analizó.

Contó que en el Consejo de Líderes Indígenas hay cinco mujeres, una de ellas es Viki. “Viajamos como podemos buscando otras compañeras en la provincia para formarlas y capacitarlas. Muchas veces nos encontramos con personas de las comunidades durmiendo en la calle o con días sin comer”, relató. Agregó que su lucha más fuerte es el protagonismo como mujeres. Somos quienes enseñamos a nuestros hijos a fortalecerse sin perder la identidad, nuestro trabajo es doble”, subrayó.

Desde Chaco, Josefa, del pueblo wichí, que vive en el Impenetrable, dijo que no recuerda exactamente cuándo empezó con la lucha indígena. “Nunca lo pensé, fue desde muy chica”, confesó.

El castellano es su segunda lengua, entonces habla despacio, con calma y claridad: “No sabía que era diferente hasta que empecé a estudiar a los 17 años. Cuando vivís en un pueblo chico, no te das cuenta de que sos indígena”, describió.

Cuando Josefa era chica acompañaba a su mamá a buscar lo que necesitaban para vivir: frutas, raíces, miel y también insumos para hacer artesanías, y a cambio, les daban harina, azúcar y zapatillas. “Los libros cuentan que los que se dedicaban a la pesca eran los hombres, pero las mujeres también lo hacíamos”, rememoró Josefa. La diferencia era que ellas no usaban cañas con anzuelo, porque ingresaban en los ríos y sacaban los surubíes con las manos.

Reconoció que la lucha de las mujeres “es mantener la lengua materna en las generaciones que vienen porque es el hilo que queda, todo lo que nos quitaron. Si dejamos de hablar y de enseñar a nuestros chicos, va a desaparecer y no vamos a poder decir que somos wichí”.

Cocina y medicina

Para Eleonora Llanquinao, las recetas, la manera de sanar y de curar, las plantas medicinales, las reuniones familiares y las tortas fritas o los delantales, son imágenes que la acompañan desde niña, cuando aún no sabía de su identidad mapuche.

A los 12 años le preguntó a su papá de dónde eran y por qué eran morochos. “Sí, somos indios”, le dijo su papá. “Pero ¿qué indios? ¿de dónde?”, increpó Eleonora, y la escueta respuesta fue: “De por ahí, de la zona de Malargüe”.

Ese fue el puntapié para que empezara a reconstruir su historia. Buscó en los manuales de la escuela para fijarse qué pueblos vivían por esa zona y sólo encontró la categoría de “recolectores y cazadores”.

En ese proceso, ella y sus hermanos empezaron a acompañar las militancias por los derechos humanos. “Muchos de nosotros en nuestro documento tenemos apellido de generales que participaron de la Campaña del Desierto, entonces para mi familia fue muy fuerte darnos cuenta y conocer esta parte de la que no se quería hablar. Ahí empezó un proceso de reconstrucción con otras mujeres”, compartió.

En ese camino se juntaron a debatir con mujeres más grandes y más jóvenes para conversar, intercambiar y recuperar los saberes para que no caigan en el olvido.

Eleonora y sus compañeras construyen desde el feminismo comunitario y no desde el “feminismo blanco”, porque saben que las realidades son diferentes.

El Día Internacional de la Mujer Indígena se instituyó en 1983 en homenaje a Bartolina Sisa -heroína nacional aymara de Bolivia- durante el segundo Encuentro de Organizaciones y Movimientos de América, que se había reunido en la localidad boliviana de Tihuanacu para reivindicar las luchas que las mujeres indígenas han llevado y llevan adelante en distintos rincones del hemisferio, sobre todo en América Latina.